En Páz
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
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Después
Te odio con el odio de la ilusión marchita:
¡Retírate! He bebido tu cáliz, y por eso
mis labios ya no saben dónde poner su beso;
mi carne, atormentada de goces, muere ahita.
Safo, Crisis, Aspasia, Magdalena, Afrodita,
cuanto he querido fuiste para mi afán avieso.
¿En dónde hallar espasmos, en dónde hallar exceso
que al punto no me brinde tu perversión maldita?
¡Aléjate! Me invaden verguenzas dolorosas,
sonrojos indecibles del mal, rencores francos,
al ver temblar la fiebre sobre tus senos rosas.
No quiero más que vibre la lira de tus flancos:
déjame solo y triste llorar por mis gloriosas
virginidades muertas entre tus muslos blancos.
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Abanico
Flamean coruscantes las chaquetillas,
la luz sobre las ropas tiembla y resbala,
y fingen pirotecnias las banderillas
y auroras las bermejas capas de gala.
El sol arde en los gajos de las sombrillas,
el clarín su alarido de muerte exhala,
y el diestro, ante los charros y las mantillas,
a la bestia que muge brinda y regala.
En tanto una damita, toda nerviosa,
se cubre con las manos la faz hermosa
que enmarcan los caireles de seda y oro,
y entreabre en abanico los leves dedos,
para ver tras aquella reja, sin miedos,
cómo brota la noble sangre del toro.
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