Fulminado
¡Vibras, rayo! La muerte va contigo;
tronchas el árbol y huye tu reflejo;
las aves lloran al frondoso amigo;
¿cómo no han de llorar al árbol viejo
que les dio sombra y bienestar y abrigo?
¡Salta el rayo en la nube! Alfanje de oro,
raja el ámbito negro y atraviesa
el abismo; desciende a la dehesa
y húndese en el testuz del viejo toro.
El huracán, terrible y altanero,
cierra sus fauces lúgubres; ya nada
se mueve. En el cenit brilla un lucero.
Y desde la llanura dilatada,
sube, como un reproche lastimero,
la gran lamentación de la vacada.
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Al Lector
Hay una gruta, misteriosa y negra,
donde resbala bajo mustias frondas,
un raudal silencioso que ni alegra
ni fecunda: ¡qué amargas son sus ondas!
Con qué impudor bajo esa gruta helada
mil flores abren su aterido broche...
¡nunca al beso de luz d la alborada!
¡siempre al ósculo negro de la noche!
Esa gruta es mi alma; y esa fuente
muda y letal, mi corrosivo llanto;
y esas flores, los versos que en mi mente
brotan al choque de fatal quebranto
Cierto es que hay ámbar y color y almíbar
en muchas de esas flores... mas te advierto,
que éstas esconden repugnante acíbar,
olor de cirio y palidez de muerto.
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Entonces
Jamás con mi recuerdo estarás sola:
viviré sin cesar en tu presencia,
mientras el lago aquél tenga una ola;
mientras el bosque aquél... guarde una esencia.
Mientras que de tu pecho en los ardores
des a mi imagen cariñoso abrigo;
mientras reces por mí, mientras me implores,
mientras me quieras, estaré contigo.
¿Sabes cuándo, en la vida, estarás sola?
¿Cuándo no me verás en tu presencia?
Cuando en el lago aquél no haya una ola.
Cuando el bosque aquél no haya una esencia.
¡Ay...! Cuando de tu pecho en los ardores
a mi imagen no des cálido abrigo,
cuando por mí no reces, ni me implores,
ni me quieras, tú, sí estarás conmigo.
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